El hombre, en la superficie de la tierra, no tiene derecho a dar la espalda e ignorar lo que sucede en el mundo.

Fiódor Dostoievski (El jugador)

viernes, 23 de mayo de 2008

jueves, 22 de mayo de 2008

Por qué sigue atentando ETA

Está claro que no es por la (sin)razón, descabellada e ilusoria, que se atrevió a apuntar Rubalcaba a principios de semana, cuando todavía no podía sacar pecho por las detenciones, que no era otra que ETA atentaba porque estaba débil. La causa tampoco radica en que los etarras piensen que volando casas cuartel van a conseguir la “ansiada” independencia, ni tan siquiera se debe a un intento de devolver los golpes al “opresor e imperialista” estado español, del cual se ve que no forman parte.

La causa es mucho más sencilla: toda esta gente son profesionales, y el detonador y la nueve milímetros son su medio de vida, que no van a abandonar más que cuando la policía los meta entre rejas. Pero no sirve de nada encarcelar a estos individuos, ni tampoco a los supuestos dirigentes “políticos”, si se les sigue permitiendo abonar el campo en el que crece su cantera.

Uno se puede tomar tranquilamente un vino en una errikotaberna rodeado de propaganda proetarra, asistir a una ceremonia municipal donde se nombra hijo predilecto a un asesino o enviar a sus hijos a ciertas eikastolas donde se imparte lo que se imparte. Aunque parezca mentira, todas estas actividades le salen gratis a quienes las realizan, en buena parte por la vergonzosa indolencia (por no decir descarada connivencia) del gobierno vasco y de la policía que está a sus órdenes, pero también en cierta medida por el cambio de rumbo tomado por el gobierno central a raíz de la falsa tregua.

La única forma de acabar con el terrorismo es lograr que cada paso previo de acercamiento a ETA se pague, y muy caro, y que todo el mundo tenga claro de sea cual sea el color del siguiente gobierno esto va a seguir siendo así y, por tanto, nadie pueda albergar esperanza alguna. Y si el gobierno autonómico no asume sus responsabilidades, el estado debería recuperar las competencias, tan sencillo como esto.

sábado, 17 de mayo de 2008

Ceremonias de interior


Este libro, que le valió a Ignacio Ferrando el prestigioso premio Tiflos de cuento, y en especial el relato que lo encabeza (y el mejor a gusto de un servidor), “Yardbird”, serviría como un perfecto y canónico ejemplo, compendio de los cursos de escritura creativa.

El arranque de “Yardbird”, un hombre, en silla de ruedas, que quiere aprender a tocar la suite Yardbird de Charlie Parker para enamorar a su vecina, una francesa sin brazos de la que está patológicamente prendado, motivo por el que se dedica a moldear obsesivamente Venus de Milo, supera en mucho el paradigma del hombre sin brazos que me quería vender una foto de mi casa, de Carver.

Aunque Ferrando derrocha imaginación y hace gala de un envidiable y preciso estilo, el libro me produce la misma impresión de matemática (y fría) perfección que una sonata de Mozart. Quizás no le vendría mal un poco de ese toque de vísceras y bajos instintos que derrama por quintales el genial Jesús Tíscar.

Por cierto, la imagen del músico en la azotea me trae a la cabeza el relato que ya comentamos aquí de Felix J.Palma en referencia a “La Campanella”, si bien, después de lo que contado sobre este particular, no seré yo quien hable de plagios.

De nuevo al hilo de los plagios, ayer leí, pescado en la web, un relato del citado Félix J. Palma –lo más probable es que sea de la época en la que gastaba dientes de leche– con notables semejanzas con uno que he escrito yo hace un par de meses. En el suyo, una bañera asesina poseída por el diablo se dedica a acabar con todos los ligues del narrador. En el mío, una nevera, golosa y vengativa, engulle (dejando apenas las bragas) a las mujeres de las que no sabe como deshacerse un enfermizamente apocado protagonista.

Por menos, más de uno me ponía un pleito.

lunes, 12 de mayo de 2008

El síndrome de la lavandería

Una vez más, vuelvo a Jack London y a su obra más emblemática: “Martín Edén”. El último mes, pero especialmente la última semana, uno se ha sentido como Martín cuando trabajaba en la lavandería, agotado y embotado, y sin hacer otra cosa que trabajar y satisfacer (en precario) las necesidades fisiológicas más primarias, sin tiempo ni ganas de leer (de escribir ya no hablamos).

Así que si no respondo a sus mensajes ni visito sus páginas, no se piensen que me he vuelto misántropo (aunque tampoco lo descarten) y confío en que esto sea un episodio temporal (y esperemos que breve), servidumbre del trabajo que me da de comer.