6- Lo importante es que mi libro le guste a los lectores.
He escuchado en varias ocasiones esta respuesta elusiva e ilusoria cuando a un escritor en ciernes le hacían ver alguno de los innumerables defectos que adornaban su obra, y es casi seguro que, de un modo u otro, casi todos lo hemos llegado a pensar con admirable e ingenua sinceridad en nuestros comienzos (los de quien suscribe la presente no muy lejanos).
En primer lugar, los lectores con los que suele contar un escritor inédito no suelen ser ni imparciales ni del todo sinceros, pues estos damnificados son indefectiblemente reclutados entre el circulo de amigos, familiares y conocidos del literato.
Y, aunque fuese cierto que la obra gustase al público en general (que en la mayoría de los casos no es así), un escritor no puede limitarse a aspirar a tan baja meta. Por supuesto que la comida rápida le gusta a millones de personas (entre las que no se cuenta un servidor), pero ningún cocinero que se precie (y cuando digo esto no me refiero a un vulgar matahambres) se conformará con limitarse a elaborar hamburguesas.
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miércoles, 18 de noviembre de 2009
lunes, 16 de noviembre de 2009
Errores de principiante III
5- Los premios literarios me servirán para labrarme una carrera.
Nada más lejos de la realidad. En un país donde proliferan por miles, el hecho de atesorar unos cuantos de ellos apenas te servirá, a ojos de editores y agentes, para ser uno de los ciertos de chiflados con manuscrito y un puñado de premios en su currículo en lugar de uno de los miles de chiflados con manuscrito (a secas). Admito que supone un cambio de orden de magnitud, mas de escasa relevancia.
Es cierto que se pueden hallar grandes escritores que penan de concurso en concurso, pero también que los que acumulan más galardones no son precisamente los mejores. También que muchos de estos acaparadores de premios se limitan a reescribir una y otra vez el mismo tipo de obra (por no decir la misma obra) que saben que cala bien en determinado tipo de jurados. Incluso ha existido quien ganó múltiples concursos con la misma obra, a pesar de que lo prohibiesen las bases (“El impostor”, AKA “El maldito impostor”, AKA “El hombre que mató a Juan Manuel de Prada”, es el caso más conocido por la cantidad de premios que obtuvo, si bien admito que es un cuento bueno de veras).
En el caso de un servidor, los certámenes le han servido para convertirse en un escritor algo menos nefasto que antes de comenzar a frecuentarlos. El hecho de ponderar tu trabajo por medios “objetivos” (un certamen literario puede ser muchas cosas, pero casi nunca objetivo) y cosechar un fracaso tras otro, suele ser un argumento que te impulsa a plantearte que quizás te falte bastante por mejorar.
Nada más lejos de la realidad. En un país donde proliferan por miles, el hecho de atesorar unos cuantos de ellos apenas te servirá, a ojos de editores y agentes, para ser uno de los ciertos de chiflados con manuscrito y un puñado de premios en su currículo en lugar de uno de los miles de chiflados con manuscrito (a secas). Admito que supone un cambio de orden de magnitud, mas de escasa relevancia.
Es cierto que se pueden hallar grandes escritores que penan de concurso en concurso, pero también que los que acumulan más galardones no son precisamente los mejores. También que muchos de estos acaparadores de premios se limitan a reescribir una y otra vez el mismo tipo de obra (por no decir la misma obra) que saben que cala bien en determinado tipo de jurados. Incluso ha existido quien ganó múltiples concursos con la misma obra, a pesar de que lo prohibiesen las bases (“El impostor”, AKA “El maldito impostor”, AKA “El hombre que mató a Juan Manuel de Prada”, es el caso más conocido por la cantidad de premios que obtuvo, si bien admito que es un cuento bueno de veras).
En el caso de un servidor, los certámenes le han servido para convertirse en un escritor algo menos nefasto que antes de comenzar a frecuentarlos. El hecho de ponderar tu trabajo por medios “objetivos” (un certamen literario puede ser muchas cosas, pero casi nunca objetivo) y cosechar un fracaso tras otro, suele ser un argumento que te impulsa a plantearte que quizás te falte bastante por mejorar.
miércoles, 11 de noviembre de 2009
Errores de principiante II
4- La coedición es mejor que la autoedición.
Es notorio que todo escritor sufre un ego hipertrofiado y aspira a ver su nombre impreso en un libro, que no sea el de familia. Amparándose en estas premisas, no escasean quienes pretenden medrar (no mucho: de donde no hay no se puede sacar) a costa de la ingenuidad del pobre y sufrido emborronador de folios. Aunque, a lo largo de estos pocos años, me he topado con iniciativas de lo más exótico, como una supuesta “agencia” que pretendía cobrarte por estudiar la viabilidad de tu obra y otra que te cobraba por acceder a representarte, sin duda los modos más usuales para meterle mano a los cuartos (y a las ilusiones) del escritor en ciernes son la autoedición y la coedición, en apariencia similares pero que encierran notables diferencias. Supongamos que el coste real de imprimir tu libro sea 2.50€.
En el caso de la autoedición, la “editorial” te cobra 5€ por cada libro. Imprimes una tirada ridículamente reducida, que colocas, (sólo en parte y a base de rogar, coaccionar y chantajear a familiares, amigos y algún conocido curioso por saber qué demonios puede haber escrito alguien como tú) a un precio de 10€, con lo que tus pérdidas no son demasiado sangrantes (si editas 1000 libros y vendes la mitad te quedas en paz).
En el caso de la coedición, la “editorial” te dice que la impresión cuesta 5€, con lo que tu pagas 2.50 € y sufragas la totalidad de los costes. Imprimes una tirada ridículamente reducida, que la “editorial” coloca en media docena de librerías, que la mantienen menos de un mes, y en un par de webs. A base de rogar, coaccionar y chantajear a familiares, amigos y algún conocido curioso por saber qué demonios puede haber escrito alguien como tú, logras que se venda parte de la tirada a un precio de 10€, de los cuales 3 se van al canal de distribución y 3.50 a la “editorial”, con lo que tus pérdidas ascienden a buena parte de lo que has invertido (si editas 1000 libros y vendes la mitad pierdes 750€).
Conclusión: si no consigues que tu libro sea publicado por una editorial de verdad, posiblemente no merezca ser publicado. Déjalo que repose cierto tiempo y vuelve a corregirlo. Es cierto que te puedes permitir el capricho de editarlo (y no sale más caro que un crucero por el Caribe), pero es tirar el dinero.
Es notorio que todo escritor sufre un ego hipertrofiado y aspira a ver su nombre impreso en un libro, que no sea el de familia. Amparándose en estas premisas, no escasean quienes pretenden medrar (no mucho: de donde no hay no se puede sacar) a costa de la ingenuidad del pobre y sufrido emborronador de folios. Aunque, a lo largo de estos pocos años, me he topado con iniciativas de lo más exótico, como una supuesta “agencia” que pretendía cobrarte por estudiar la viabilidad de tu obra y otra que te cobraba por acceder a representarte, sin duda los modos más usuales para meterle mano a los cuartos (y a las ilusiones) del escritor en ciernes son la autoedición y la coedición, en apariencia similares pero que encierran notables diferencias. Supongamos que el coste real de imprimir tu libro sea 2.50€.
En el caso de la autoedición, la “editorial” te cobra 5€ por cada libro. Imprimes una tirada ridículamente reducida, que colocas, (sólo en parte y a base de rogar, coaccionar y chantajear a familiares, amigos y algún conocido curioso por saber qué demonios puede haber escrito alguien como tú) a un precio de 10€, con lo que tus pérdidas no son demasiado sangrantes (si editas 1000 libros y vendes la mitad te quedas en paz).
En el caso de la coedición, la “editorial” te dice que la impresión cuesta 5€, con lo que tu pagas 2.50 € y sufragas la totalidad de los costes. Imprimes una tirada ridículamente reducida, que la “editorial” coloca en media docena de librerías, que la mantienen menos de un mes, y en un par de webs. A base de rogar, coaccionar y chantajear a familiares, amigos y algún conocido curioso por saber qué demonios puede haber escrito alguien como tú, logras que se venda parte de la tirada a un precio de 10€, de los cuales 3 se van al canal de distribución y 3.50 a la “editorial”, con lo que tus pérdidas ascienden a buena parte de lo que has invertido (si editas 1000 libros y vendes la mitad pierdes 750€).
Conclusión: si no consigues que tu libro sea publicado por una editorial de verdad, posiblemente no merezca ser publicado. Déjalo que repose cierto tiempo y vuelve a corregirlo. Es cierto que te puedes permitir el capricho de editarlo (y no sale más caro que un crucero por el Caribe), pero es tirar el dinero.
martes, 27 de octubre de 2009
Errores de principiante I
Con este título no pretendo postular que un servidor haya abandonado tan dichosa condición (la ignorancia es el estado propio de la felicidad), muy al contrario, circunstancia por la cual los mantengo frescos en la memoria y puedo describirlos con todo lujo de detalles.
1- Mi primera novela merece ser publicada. A nadie, en su sano juicio, se le ocurriría pensar que el primer cuadro que pinta merece ser colgado en un museo, ¿por qué con las novelas ocurre justo lo contrario? La escritura, como todo arte, implica un importante componente de talento, si bien también otro, no menos significativo, de oficio. No obstante, todos los que colocamos por vez primera las tres letras mágicas al final de una resma abrigamos el profundo convencimiento de que acabamos de alumbrar una obra maestra.
2- Mis obras no precisan ser corregidas, basta con el “cepillado” que les dará el corrector de la editorial. Uno no cesa de corregir una y otra vez sus escritos, incluso los primeros, y, en cada ocasión, encuentra puntos a mejorar. Si no fuera así, significaría que se ha dejado de aprender y, por tanto, ya se están criando malvas. Y, si un corrector fuese capaz de mejorar lo que hace un escritor, sería lo segundo y no lo primero (con esto no me refiero a las erratas o pequeños defectillos que a cualquiera se le escapan, sobre todo si se trata de la propia obra, que se conoce casi de memoria y, por tanto, resulta extremadamente sencillo leer sin pasar por las palabras).
3- La escritura podría constituir mi ocupación. Si incluso Juan Manuel de Prada se ve obligado a prestar su imagen a toda clase de tertulias y a los eventos más dispares, pretender vivir de lo que se escribe delata la mayor de las ingenuidades. Uno debe asumir que está en la literatura para dejarse la vida, no para ganársela; para escribir, no para publicar o ganar premios. Sólo entonces podrá reconciliarse con el oficio y disfrutar del mero placer que depara el hecho de escribir.
Continuará…
1- Mi primera novela merece ser publicada. A nadie, en su sano juicio, se le ocurriría pensar que el primer cuadro que pinta merece ser colgado en un museo, ¿por qué con las novelas ocurre justo lo contrario? La escritura, como todo arte, implica un importante componente de talento, si bien también otro, no menos significativo, de oficio. No obstante, todos los que colocamos por vez primera las tres letras mágicas al final de una resma abrigamos el profundo convencimiento de que acabamos de alumbrar una obra maestra.
2- Mis obras no precisan ser corregidas, basta con el “cepillado” que les dará el corrector de la editorial. Uno no cesa de corregir una y otra vez sus escritos, incluso los primeros, y, en cada ocasión, encuentra puntos a mejorar. Si no fuera así, significaría que se ha dejado de aprender y, por tanto, ya se están criando malvas. Y, si un corrector fuese capaz de mejorar lo que hace un escritor, sería lo segundo y no lo primero (con esto no me refiero a las erratas o pequeños defectillos que a cualquiera se le escapan, sobre todo si se trata de la propia obra, que se conoce casi de memoria y, por tanto, resulta extremadamente sencillo leer sin pasar por las palabras).
3- La escritura podría constituir mi ocupación. Si incluso Juan Manuel de Prada se ve obligado a prestar su imagen a toda clase de tertulias y a los eventos más dispares, pretender vivir de lo que se escribe delata la mayor de las ingenuidades. Uno debe asumir que está en la literatura para dejarse la vida, no para ganársela; para escribir, no para publicar o ganar premios. Sólo entonces podrá reconciliarse con el oficio y disfrutar del mero placer que depara el hecho de escribir.
Continuará…
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