El hombre, en la superficie de la tierra, no tiene derecho a dar la espalda e ignorar lo que sucede en el mundo.

Fiódor Dostoievski (El jugador)

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viernes, 31 de agosto de 2012

… pero que no se metan tus burros en mis trigos


Es de dominio público que los certámenes literarios auspiciados por las grandes editoriales y con muchos ceros en el botín son todos una farsa. 
Lo lamentable es que los medios le hagan el caldo gordo a estas operaciones de mercadotecnia y no se nieguen  en redondo a participar en semejante fraude. Sobre todo me duele por todos los pobres incautos (entre los que un día me conté, allá por el 2005) que envían sus obras a dichos concursos imbuidos por la ilusoria y ridícula esperanza de que puedan tener alguna opción de ganarlos, o al menos el premio de consolación, consistente en que la editorial se fije en tu obra.
Lo que nunca he acabado de entender es que corporaciones locales se avengan a actuar de mamporreros de las editoriales y participen en este vergonzante mercadeo apenas por  ver su nombre en la prensa.
Resulta curioso que las pocas voces que surgen para denunciar este trapicheo lo hagan únicamente cuando les tocan lo suyo, como es el caso de José Sanclemente, socio de Roca Editorial, que clama desde su blog contra RBA porque utiliza los jugosos 125.000€ euros de su certamen para quitarle a uno de sus autores (Michael Connelly).Y es que ya se sabe: amigos, muy amigos…

martes, 14 de septiembre de 2010

La lotería de los premios literarios

"... y si es que son de justa literaria, procure vuestra merced llevar el segundo premio, que el primero siempre se lleva el favor o la gran calidad de la persona, el segundo se le lleva la mera justicia, y el tercero viene a ser segundo, y el primero, a esta cuenta, será el tercero, al modo de las licencias que se dan en las universidades; pero, con todo esto, gran personaje es el nombre de primero."
(Don Quijote, Capítulo XVIII)



No resulta infrecuente encontrarse con el hecho de que una misma obra literaria sea tratada con criterios sumamente dispares en diferentes certámenes. A quien suscribe, en particular, le ha ocurrido que le han concedido algún premio de cierta importancia a una obra que ni siquiera ha sido elegida finalista en un certamen de una entidad mucho menor, así como que otras, que habían quedado finalistas en premios de cierto prestigio, no eran capaces de alcanzar esa misma condición en concursos de mucho menos ringo rango.

Nadie ignora que la valoración de cualquier obra artística encierra un cierto grado de subjetividad, si bien tampoco carece por completo de criterios objetivos. En concreto, una ley no escrita (pero corroborada por multitud de fuentes) indica que sólo una décima parte de las obras que concurren a un certamen están escritas con corrección (y con esto me refiero a que no estén plagadas de errores sintácticos, gramaticales o estilísticos), y, de las que superan la primera criba, más de la mitad se caen por su propio peso en cuanto que se analiza un poco el contenido, por lo que la elección de los finalistas debiera ser una tarea relativamente sencilla y bastante determinista, pero la experiencia se empeña en demostrarnos que esto no es así.

Aunque parezca mentira, casos como el de Becerril de la Sierra no son tan extraños, y yo he tenido constancia de algún certamen en el que se ha premiado a una obra que contenía media docena de incorrecciones por página, y lo mejor de todo es que, cuando los participantes se han quejado a la organización, esta se ha defendido alegando que el jurado se había limitado a valorar el contenido (por no decir que había sido incapaz de ver las faltas), cuando todo el mundo debiera saber que en la literatura, como en todo arte, la forma es indisociable del contenido.

En cuanto que uno comienza a preguntarse por las causas, no aparece más que una evidente, y es la aptitud de los jurados. A nadie se le ocurriría pensar que alguien que se pasa el fin de semana viendo “Teledeporte” está cualificado como jurado para un campeonato de gimnasia artística, si bien la mayoría no se extraña de que forme parte de un jurado literario alguien cuyos méritos se limitan a que le gusta leer, o a que dirige o trabaja para una entidad patrocinadora. Un servidor, en concreto, en alguna ocasión ha tenido oportunidad de conocer a los jurados que habían valorado su obra y se ha encontrado algunos tan pintorescos como una muchacha de diez y ocho años que leía a Dan Brown y a Ildefonso Falcones. Y no se piensen que esta circunstancia se limita a los premios modestos, sino que existen algunos de gran prestigio, con jurados de gran relumbrón y que cobran buenos honorarios, cuya preselección la realiza un jurado de todo a cien. Y esto cuando uno no se encuentra una farsa, como la mayoría de los certámenes auspiciados por editoriales, o a sinvergüenzas que, cuando pueden mangonear un jurado, intercambian premios con sus amiguetes o eventuales socios.

También, todo hay que decirlo, existen premios modestos, algunos incluso sin dotación económica, que cuentan con un jurado abnegado, que conoce su oficio y lo realiza con diligencia, y esta es la razón de que quien suscribe persista en enviar sus obras a concursar. Esta, y que no sabe qué otra cosa hacer con ellas.

jueves, 15 de octubre de 2009

Ocho ingenuos

Hace hoy cuatro años cabales, a un servidor no le quedaban uñas de tan embargado por los nervios como se hallaba. Por fortuna, en su día tuve el acierto de inmortalizar el momento y, volviéndolo a leer, casi tengo la impresión de que hubiera ocurrido ayer.

Admito sin sonrojos que a mi novela la eligieron precisamente por mala, pero sin duda este triunfo pírrico y efímero determinó que un servidor adquiriese la determinación de seguir emborronando folios.

Esta entrada está dedicada los ocho ingenuos que esta noche acudirán al palacio de congresos (infórmense bien de a cuál deben ir). Por ustedes, mis condolencias.

lunes, 5 de octubre de 2009

Cuentos con picatostes

Hace tiempo, en el foro de PL, un concejal de cultura de un pequeño pueblo (no se atrevió a desvelar cuál) se quejaba con amargura de la ingratitud y la soberbia de los escritores (particular que no me aventuro a negar), y alegaba que, dados los quebraderos de cabeza que le provocaban los citados, le traería más cuenta organizar una chocolatada o una carreta de sacos que un certamen literario. Curiosamente, la respuesta multitudinaria y casi unánime fue que, si así le pluguiera, bien pudiera organizar a costa del erario de sus votantes un concurso de tortillas o una carrera de caracoles, pero que lo que en ningún caso podía permitirse era organizar un concurso literario como si se tratase de una chocolatada.

Esta disertación viene al hilo de que hoy he comprobado que se ha fallado el Martín Gaite y, como suele ser habitual, para qué negarlo, mi cuento no ha sido el agraciado. En la página del certamen un comentario desvelaba que, en contra de las bases, el relato ganador ya había sido premiado y publicado, y, por añadidura, su calidad dejaba que desear. Si hay algo que caracteriza a un servidor es una curiosidad malsana, en especial por cuanto no le incumbe, por lo que no me pude sustraer a la tentación de leerlo, y debo coincidir con el anónimo comentarista en que se trata de un texto mediocre y aburrido (lo más sorprendente es que haya sido premiado en dos ocasiones). Si he de ser sincero, no es el caso más chocante que conozco: me he encontrado con otros certámenes que han premiado textos nefastos y plagados de incorrecciones ortográficas y gramaticales.

Volviendo al tema inicial, coincido con la mayoría de mis colegas en que, al convocar un certamen literario, los organizadores debieran hacerlo con el máximo respeto hacia la literatura y con la certeza de que tanto el jurado de preselección como el final saben lo que se hacen, y, si no, mejor que organicen un concurso de camisetas mojadas. Sus votantes se lo agradecerán más.

Un servidor se marcha a Burgos, cómo no, a trabajar. No aguarden actualizaciones en breve.

miércoles, 9 de septiembre de 2009

Otra final

Otro de mis cuentos se encuentra entre los finalistas de un certamen, en esta ocasión el Martín Gaite, que aún no se ha fallado. Resulta de veras complicado ganar un concurso literario; desde la generalización de Internet, todo el mundo tiene la posibilidad de acceder a las bases de cualquier premio, y uno debe fajarse con las mejores plumas procedentes de todos los rincones del planeta, en particular en concursos como el citado, donde se admite el envío de las obras por correo electrónico (no acabo de entender por qué demonios no lo hacen todos). La prueba es que concurrían 464 obras. Además, una vez superada la criba previa, en la que se manejan criterios más objetivos, uno depende de que lo que se ha escrito sea del gusto (o capricho) del jurado.

En todo caso y aunque los laureles se vayan a otro lugar, es gratificante comprobar de nuevo que el esfuerzo y el tesón tienen su recompensa, y un servidor, que llegó a la literatura peinando canas y tras olvidar la poca gramática que le embutieron a duras penas en el instituto, de vez en cuando logra colarse entre ese reducido grupo de elegidos.

jueves, 10 de enero de 2008

Los traídos y llevados concursos

A propósito de los concursos, decía el ínclito Juan Manuel de Prada: 'Fue una espléndida escuela y aún hoy siento melancolía por aquella época'; aunque me cuesta creer la segunda afirmación, no me cabe ninguna duda por lo que respecta a la primera. En primer lugar, el paso por los concursos te hace poner los pies en el suelo: cuando se alumbra la primera obra, uno se empeña en creer que es genial y no se desengaña hasta que los hechos, tozudos, te demuestran lo contrario; por otro lado, se descubre que existe otra literatura al margen de la que se exhibe en la sección de libros de las grandes superficies y de la que yace en los anaqueles de las bibliotecas, y en el camino se haya (y a veces se halla) el conocimiento.

Si Maghenta hubiese existido como editorial, allá por octubre del 2005, y me hubiese publicado entonces “Sombras chinescas”, seguiría siendo un escritor funesto (¡Ups! Me atreví a afirmar que ya no lo soy), que seguiría escribiendo una y otra vez la misma novela, cambiando el título y, a lo mejor, alguna vez, de protagonista.

En uno de mis relatos digo: “El éxito es lo peor que puede pasarle a un literato en ciernes” y creo que es la mayor verdad que he sabido acuñar en todo este tiempo. Por ilógico que parezca, no hay mejores maestras que la contrariedad y el desengaño, para quien quiera aprender.