El hombre, en la superficie de la tierra, no tiene derecho a dar la espalda e ignorar lo que sucede en el mundo.

Fiódor Dostoievski (El jugador)

miércoles, 4 de noviembre de 2015

La (supuesta) virtud de la indefinición.

Dice Pedro Sánchez que él no firma nada, sobre todo si es antes de las elecciones. Pablo Iglesias tampoco, pues los independentistas se convertirán al españolismo por arte de birlibirloque al ver sentado en la Moncloa a un político de su clase y tronío; cosas que tiene el carecer de abuela. Alberto Garzón sólo fue allí para escenificar su desacuerdo mediante un chascarrillo malo.
En este país, oponerse a algo, aunque sea un auténtico dislate, está mal visto. Quizá porque el hecho en sí de mostrar rechazo se considere reaccionario, herencia de ocho años de zapaterismo. Aunque IU ya demostró bochornosa y deshonrosamente la vergüenza de la indefinición en infinidad de ocasiones en la comunidad autónoma vasca frente a las marcas blancas de ETA, antes y después de la era ZP.
También es posible que en este caso se cumpla el paradigma, postulado por Javier Pérez, según el cual el queso de Burgos es el más vendido porque carece absolutamente de sabor y, por tanto, no le desagrada por completo a nadie.
Padecemos unos políticos descafeinados y desideologizados, algunos parece que lobotomizados, que se arrancan los cabellos y se asperjan con agua bendita (aunque pretendan erradicar la asignatura de religión) en cuanto oyen la palabra prohibición, aunque se trate de prohibir la barbarie. Incluso Rajoy, a la vista de las elecciones, se ha abstenido de obrar con la contundencia precisa.

Por eso no es de extrañar que  Forcadell le importe un pimiento transgredir las normas, aunque sean las de la cámara que preside.