El hombre, en la superficie de la tierra, no tiene derecho a dar la espalda e ignorar lo que sucede en el mundo.

Fiódor Dostoievski (El jugador)

jueves, 9 de junio de 2011

Mancha o borrón

En los últimos días y gracias al traspaso de poderes en Castilla la Mancha, la crónica política cada vez se parece más a esos programas que señorean a cualquier hora en la parrilla de Tele5, una suerte de wrestling mediático donde los estudios se convierten en improvisado ring o una pelea de patio de vecinos.

También, por qué no, a un vodevil, pues la cosa tiene su morbo, incluso a una de esas comedias de Alfonso Paso donde el cadáver, en este caso un muerto en forma de papeles fugitivos y supuestamente triturados, aparece y desaparece en cada rincón de la casa.

Al ciudadano de a pie, la impresión que le queda de todo este zipizape es que a los políticos profesionales, en cuanto que les das la mínima ocasión, hacen del cargo su cortijo, cuando no su particular sierra Morena.

Como dijo Lord Acton: El poder tiende a corromper y el poder absoluto corrompe absolutamente. Para desgracia del ciudadano, el poder en algunas administraciones parecía haberse perpetuado, incluso se había vuelto hereditario, y cada mandatario (o mangatario) saliente dejaba situado el puesto a su delfín y colocaba a legiones de deudos y familiares en envidiables cholletes, obrando como un generoso mecenas con cargo al dinero de nuestros impuestos.

El político, no importa el color, es un artículo perecedero y, a poco que le dejes en el cargo, acaba viendo a sus votantes como súbditos, si no como ganado aborregado al que hay que conducir en contra de su voluntad por su propio bien, y cualquier prebenda le parece poca en compensación a las servidumbres del puesto, por lo que el mandato debiera llevar impresa la fecha de caducidad, como los yogures, para eludir colmar las instituciones de podredumbre.

No obstante y ante todo, lo que más debiera indignarnos es que toda esta pléyade de reyezuelos de taifas haya tirado el dinero público a espuertas y no merezca más castigo que el perder el cargo, eso sí, gozando de unas generosas pensiones y disfrutando de un retiro dorado en el consejo de administración de alguna de las empresas a las que beneficiaron durante el mandato.


Columna publicada en El Soplón

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