El hombre, en la superficie de la tierra, no tiene derecho a dar la espalda e ignorar lo que sucede en el mundo.

Fiódor Dostoievski (El jugador)

lunes, 24 de octubre de 2011

Vivir como un Dios, morir como una rata


Perecer a manos de una turba iracunda es algo que no se le puede desear ni siquiera a un tirano sanguinario y execrable como Gadaffi, si bien es de justicia reconocer que el dictador libio se ganó a pulso su suerte.
Y no se trata tan solo de que haya sojuzgado a su pueblo durante cuatro décadas o que haya reprimido con mano de hierro cualquier disidencia; tampoco porque se haya permitido excesos como contar con una guardia de corps compuesta por 200 vírgenes o alojarse en una tienda de seda digna de las mil y una noches en sus desplazamientos por el extranjero pocos años atrás, cuando era considerado un amigo de occidente y no el enemigo público número uno, tras la caída de Bin Laden.
Gadaffi ha tenido múltiples ocasiones de dejar el poder honrosamente, y alguna más de hacerlo preservando el pellejo, pero las ha despreciado todas. Desde que la OTAN apoyara con decisión a la insurgencia, sus horas estaban contadas, y, a despecho de todo razonamiento, se empeñó en perpetuar un terrible y sangriento declive del régimen.
Por todo lo citado, no es de extrañar que haya encontrado su final como una pieza de caza: humillado, abatido y expuesto. Y los gobernantes occidentales no pueden aplaudirlo, pero respiran aliviados.

3 comentarios:

Pablo Garcinuño dijo...

Estoy contigo. Nadie se merece una muerte así, pero en este caso él solo se lo buscó dejando un reguero de muertes a lo largo de su vida.

joseplave dijo...
Este comentario ha sido eliminado por un administrador del blog.
Javier Pérez dijo...

Pues ponte en la otra opción:

vivir como una rata, morir como Dios...

(no me mola)

jajajajaja